Tortura y fotografías (7). Unai,
artículo del Director de EGIN Javier Salutregi Mentxaka publicado en GARA el 18 de marzo de 2002.
Jabier Salutregi Mentxaka * Director de
"Egin"
Unai
El espanto volvió a confirmarse el pasado sábado de modo gráfico y rotundo desde la primera página de este periódico. Y es que desde este día la tortura ya no sólo tiene la forma de una espalda picoteada por la sañuda viruela de los electrodos, tiene además ahora unas facciones desfiguradas hasta lo irreal y un rostro hinchado por los golpes propinados por un odio tan infinito como impune. A Unai Romano, un joven de Gasteiz, la desgracia le tocó para que él fuera quien pusiera cara a la espalda de Iratxe Sorzabal, y nos devolviera con mayor dimensión la imagen más oscura del fascismo (valga la redundancia) franquista.
Espantado, el pasado sábado intenté confirmar la realidad del tormento que como un enorme puñetazo nos golpeaba, pero la pretensión dio paso al estremecimiento y al convencimiento de que a este pue- blo, en aras de los intereses partidistas, le están sometiendo a tal manipulación de la realidad que está a punto de sucumbir en una esquizofrenia social. Pocos, salvo la prensa a la que el gobierno y Garzón persiguen, ejercieron con valentía de notarios de la realidad, aunque esta vez a Arzalluz le costará más eludir el tema, pues el pudor periodístico manchó más tinta en éste que en casos anteriores.
El mismo día en el que el horror asomaba ante la opinión pública, las páginas de los noticieros nos daban cuenta de que los «socios» que configuran el Gobierno de Lakua habían expresado públicamente sus discrepancias en el Parlamento de Gasteiz a lo largo del debate de una iniciativa sobre la tortura presentada en solitario por EA y que fue respaldada por Batasuna. Nos contaban que, a pesar de las diferencias, EA finalmente respaldó un texto promovido por PNV e IU-EB y sacaban adelante la enmienda que califica de «inadmisible» la práctica de la tortura o la violación de los derechos de las personas detenidas. La resolución aprobada, que reflejaba la actuación-tapón del PNV, incluía una declaración de «rotundo rechazo a todo tipo de violencia y extorsión» y el habitual canturreo de todo documento que se precie por el que se exige a ETA el abandono definitivo de la violencia. Al final, los políticos habían logrado lo de siempre: redactar un papel en el que no se va más allá de donde se estaba. O, dicho de otro modo, mantener la actual situación desde donde se garantiza que los futuros casos de tortura, con o sin fotografías adjuntas, sigan produciéndose y sigan condenándose «enérgicamente». ¿Acaso el legislador (Parlamento) se debe limitar a presentar y someter a votación una enmienda que califica la tortura de «inadmisible»? Y elaborar, desarrollar leyes y normas para que la tortura y la impunidad de quienes la practican se reduzca a cero, ¿quién lo hace?
Lo curiosamente cruel del caso es que, mientras la iniciativa que había presentado EA, inspirada en el decálogo elaborado por el TAT (Torturaren Aurka Taldea), se debatía en el Parlamento de Gasteiz, este organismo dejaba horrorizados a todos los representantes de los medios de comunicación que asistieron a su rueda de prensa para volver a dejar sentado que las diferencias entre la realidad de los gobernados y la inoperancia de sus gobernantes son groseramente desproporcionadas.
Y casi en el mismo momento en el que el TAT mostraba el rostro real de la brutalidad de la tortura a la opinión pública, el portavoz del PNV, Emilio Olabarria, se avenía a coincidir con Rafael Larreina, dirigente de EA, en admitir que existe una «evidencia de magnitud de que en España se tortura» por parte de miembros de las FSE (magnífica manera verbal de camuflar con palabras de cinco duros, hasta hacerla irreconocible, la aceptación de que a Iratxe la abrasaron y a Unai lo destrozaron); no obstante, el dirigente jelkide cuestionó la validez del término «sospecha» y reprochó a EA la presentación de una propuesta similar a la presentada en su día por Batasuna en las Juntas Generales de Gipuzkoa, a la que votó en contra y enmendó con un texto similar al formulado por PNV e IU.
A la vista está que también es «una evidencia de magnitud» el miedo que los dirigentes del PNV, EA e IU tienen a hacer frente a la cruda realidad fascista en la que se sostiene cada vez más el Gobierno de Madrid, lo que les hace deslizarse hacia una resignación política que les puede convertir en cómplices del PP y del PSOE sin tener que firmar el pacto que estos dos partidos suscribieron contra el nacionalismo vasco. Y es que (PNV y EA) quieren disimular tanto que son nacionalistas vascos que acabarán no siéndolo o, lo que sería un corolario del «síndrome de Estocolmo», siendo nacionalistas españoles.
También comprobamos, consecuentemente, que es otra «evidencia de magnitud» el índice de hipocresía alcanzado por los responsables de estos tres partidos que, sistemáticamente, para no molestar demasiado al poder con sus condenas, al inicio de éstas colocan siempre primero a quienes ejercen la violencia contra quien la genera, y en pocas, muy pocas ocasiones acusan a quienes la engendran.
En este sentido, no deja de ser esclarecedor que cuando ETA vulnera los derechos humanos de personas u organismos, el Gobierno de Gasteiz, Ibarre- txe a la cabeza, con legitimidad tan respetable como indiscutible, proclama condenas, convoca acciones y agita la ética ciudadana; no obstante, cuando la violencia política del Estado destroza organismos abertzales y la «evidencia de magnitud de que en España se tortura» nos despelleja el alma, Ibarretxe y su séquito enmudecen, miran al cielo, y oyen al viento silbar. Después ya vendrá Josu Jon y, como un CD dislocado, soltará el rollo de la defensa de los derechos humanos y de la honda preocupación que generan estos casos en un Ejecutivo vasco que, al parecer, sólo tiene el deber de defender a los ciudadanos de Araba, Bizkaia y Gipuzkoa cuando son golpeados por la violencia de ETA.
Ayer Iratxe y hoy Unai, dos casos cuya única excepcionalidad radica en que sus fotos han podido divulgarse, han vuelto a mostrar a la sociedad vasca el torturado rostro de la persecución política en Euskal Herria, y no es legítimo ni discutible que Lakua, como siempre, opte por la política zoológica: enterrar la cabeza como el avestruz, llorar lágrimas de cocodrilo y quedarse quieto mirando a las musarañas. *
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